sábado, 21 de junio de 2014

El trasplante de rostro, de la cirugía experimental a la práctica médica común


Los trasplantes de cara son una especialidad quirúrgica aún muy joven, pero que ha abierto muchas esperanzas en personas desfiguradas. Aunque hay trasplantes más vitales para mantener con vida a una persona, los de cara son los más visibles de todos por razones obvias, y pueden ser la solución definitiva para el drama físico y psicológico que arrastran quienes sufrieron la terrible experiencia de perder su cara o parte de ella. Recuperar la sensibilidad táctil en el rostro, volver a comer con normalidad, poder hablar de modo natural, y tener un aspecto facial que ni siquiera llame la atención, son logros que pueden dar un giro de 180 grados a la vida de alguien desfigurado que se somete con éxito a una operación de este tipo.

Después de casi una década desde que en 2005 se hizo en Francia a una mujer la primera de las operaciones de este tipo, los avances no han dejado de sucederse y ya ha transcurrido suficiente tiempo como para validar la eficacia de técnicas que al principio tenían bastante de experimentales. Un equipo de científicos, incluyendo al Dr. Eduardo Rodríguez, cirujano pionero en esta especialidad, autor de más de un centenar de artículos en revistas académicas y capítulos de libros técnicos, y actualmente en el Centro Médico Langone de la Escuela de Medicina en la Universidad de Nueva York, Estados Unidos, ha hecho una revisión de resultados de los primeros 28 receptores conocidos de trasplante de rostro, parcial o completo, en el mundo, y ha llegado a la conclusión de que la operación, en sí misma, es razonablemente segura, cada vez más viable, capaz de cambiarles la vida por completo a los receptores, y que su aplicación se puede ahora extender a muchas más personas necesitadas (con desfiguración grave de rostro). Su informe se ha publicado en la célebre revista académica de temas médicos The Lancet, editada por la conocida editorial científica Elsevier.

Llegar hasta el nivel actual no ha sido fácil. Rodríguez equipara la magnitud de este reto para los cirujanos del mundo con la de escalar el Everest para los alpinistas. En ambos casos, conseguirlo por vez primera fue una proeza.

Tal como advierte el Dr. Rodríguez, catedrático del Departamento de Cirugía Plástica en el Centro Médico Langone, y director de su Instituto de Cirugía Plástica de Reconstrucción, los trasplantes de rostro aún implican riesgos para el resto de la vida del paciente y complicaciones derivadas de infecciones y a veces de los efectos secundarios de los fármacos inmunosupresores empleados para prevenir el efecto de rechazo, pero también son muy efectivos para devolver a las personas a una vida plenamente funcional después de haber carecido de ella por culpa de los gravísimos daños faciales que además cercenaron la vida social del paciente.

En 2012, el propio Dr. Rodríguez operó, junto con su equipo, a un paciente, en una operación que figura entre los trasplantes más extensos y complejos realizados hasta ahora. La intervención quirúrgica la hizo en el Centro Médico de la Universidad de Maryland en Baltimore, donde trabajaba entonces. El paciente era un hombre que había perdido la mitad inferior de su cara en un accidente de arma de fuego años antes. La impresionante diferencia apreciable en las fotografías entre el aspecto de este hombre, Richard Lee Norris, antes de la operación y más de un año después, es más elocuente que cualquier palabra, y una demostración visual, fácil de entender con una simple mirada, de la importancia de que la gente done sus órganos y tejidos. El fallecido ya no puede hacer uso de ellos, pero algunos pueden cambiar la vida, o incluso otorgarla, a personas en situaciones terribles.


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Richard Norris. De izquierda a derecha: Antes del accidente, poco antes de recibir el trasplante, 6 días tras el trasplante, 114 días tras el trasplante, y en junio de 2013. (Fotos: De izquierda a derecha: Primera: Cortesía de Richard Norris / Centro Médico de la Universidad de Maryland. Última: AP. Resto: Centro Médico de la Universidad de Maryland.)



El trasplante que recibió Norris, de 37 años de edad, incluyó la parte media de la cara, ambas mandíbulas con sus dientes, así como una porción de la lengua. La operación de 36 horas de duración se realizó entre los días 19 y 20 de marzo de 2012, e implicó a un equipo multidisciplinar de especialistas de la Escuela de Medicina de la Universidad de Maryland, incluyendo más de 150 enfermeras y otros miembros del personal sanitario.

El trasplante de cara formó parte de un auténtico maratón de 72 horas de actividad quirúrgica. La familia de un donante anónimo donó generosamente su cara y también salvó cinco vidas, a través de la loable donación de sus órganos. Cuatro de esos trasplantes se llevaron a cabo a lo largo de dos días en el Centro Médico de la Universidad de Maryland.

El equipo del trasplante de cara estuvo dirigido por el Dr. Rodríguez, y se emplearon en él métodos quirúrgicos innovadores y técnicas informáticas para trasplantar de forma precisa todos los elementos anatómicos citados.

Además, el trasplante incluyó todo el tejido blando facial desde el cuero cabelludo hasta el cuello, incluyendo los músculos subyacentes que permiten generar expresiones faciales, así como nervios motores y sensoriales para restaurar la sensibilidad táctil y la funcionalidad. El trasplante iba mucho más allá del componente estético.

Debido al accidente, Norris perdió sus labios y nariz, y tenía limitados los movimientos de su boca. Norris visitó por vez primera al Dr. Rodríguez en el Centro Médico de la Universidad de Maryland en 2005, a fin de ver qué opciones de reconstrucción facial tenía.

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Imagen de la izquierda: En la columna izquierda, el estado externo del rostro de Norris, y el interno de la estructura ósea de su cabeza, antes de la operación. En la columna derecha, el estado externo del rostro de Norris, y el interno de la estructura ósea de su cabeza, habiendo superado con éxito el primer año tras la operación. Imagen de la derecha: El Dr. Eduardo Rodríguez. (Imágenes: Izquierda: Cortesía de The Lancet. Derecha: NYU Langone)

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